BARCELONA
El 30 de noviembre de 1981, algo después del mediodía, Lamborghini llegó a Barcelona y con toda naturalidad, sin previo aviso, se dirigió a la casa que Germán García habitaba en la calle Copérnico donde su ex camarada lo recibió con la distanciada cortesía que la situación hace fácil imaginar, sobre todo si se tiene en cuenta que el bolso de mano en el que había trasladado sus cosas, aunque pequeño, indicaba unívocamente que aún no tenía resuelto dónde iba a alojarse. Sin embargo, conforme la conversación y los recuerdos comenzaron a fluir, alentados, tal vez, por alguna copa compartida, esa reticencia fue cediendo hasta que, en algún momento, la vieja amistad pareció resurgir como si nunca se hubiera interrumpido. O por lo menos es lo que debe de haber pensado Lamborghini que, después de haber pasado toda la tarde con su antiguo compinche, seguramente entendió, también con naturalidad, que podría alojarse "por algún tiempo" en la casa de García, quien no sólo pensaba exactamente lo contrario sino que incluso estaba prevenido contra esa posibilidad desde el mismo momento en que, unas horas atrás, había recibido esa visita no anunciada.
Sobre este punto preciso sobrevino entonces una discusión que de las palabras pasó a los hechos o, mejor dicho, a un único hecho aunque, es cierto, decisivo: harto de tantas expulsiones, Lamborghini probablemente no acatara las explícitas recomendaciones del dueño de casa y se rehusara a abandonar la silla en la que estaba sentado, lo que al parecer llevó a su anfitrión a intentar desalojarlo de esa posición de manera más expeditiva.
A pesar de su menor contextura física, García, que en el empeño se fracturó una mano, logró sin embargo el desahucio de su huésped, que se encontró, de golpe, solo en la noche española, con la evidencia de que no había aterrizado con buen pie en Europa: no habían pasado más que unas pocas horas desde su llegada y acababa de pelearse, esta vez, al parecer, para siempre, con la única persona que podía ayudarlo en todo el continente y cuya presencia en Barcelona había influido no poco en que fuera ése el destino elegido al momento de decidirse a viajar [...].
De esta nueva intemperie lo rescataría Amarú Oropesa, un ceramista boliviano -una vez más, y era la cuarta, Bolivia se cruzaba en su destino- que había vivido en Buenos Aires y se alojaba junto a un argelino dedicado a la reparación de electrodomésticos que no puso objeciones para recibirlo en su casa, donde Lamborghini permaneció hasta que, en los primeros días de enero de 1982, en una reunión en casa de argentinos que vendían ropa artesanal a la que lo arrastró el ceramista, conoció a Hanna Muck, una atractiva alemana de rostro anguloso y sonrisa franca que inmediatamente se enamoró de él.
Tres años mayor que Osvaldo, Hanna no había nacido estrictamente en Alemania sino en los Sudetes, al norte de Checoslovaquia, aunque la anexión de esta región al Tercer Reich en 1938 y el posterior reacomodamiento del mapa político, y de las minorías alemanas, en 1945, le habían deparado esa nacionalidad. Madre de tres hijos que vivían con su ex marido, trabajaba en la sucursal barcelonesa de la Agencia Literaria International Editors, cuya sede central estaba en Buenos Aires, empleo que le proporcionaba un pasar modesto y desahogado a la vez (no le faltaba ni le sobraba nada). Cultísima pero algo ingenua, infinitamente generosa, compartía con una amiga, que le subalquilaba una habitación, un agradable departamento en el nº 68 de la calle Tres Torres y cultivaba un feminismo sin crispaciones ni grandilocuencias que sería fácil, jocosa y complacida presa de los embates de Lamborghini, que al día siguiente de conocerla, a los dos días a lo sumo, la convenció de que, previo pago de la cuenta atrasada y consecuente rescate de la ropa, los libros y los manuscritos que habían quedado en cautiverio, se mudaran juntos al Hotel Vía Augusta (tal vez ya no soportara ni al ceramista boliviano ni al laborioso argelino o -esto es lo más probable- viceversa).
De estos días data "Aceite de colza", un poema fechado el 13 de enero de 1982 donde el autor daba cuenta, en el título, de su indignación ante las escandalosas muertes que había provocado la comercialización como aderezo comestible de un aceite industrial y, sobre todo, del temor que experimentaba ante la posibilidad de que el fatídico fluido apareciera en su ensalada, y al mismo tiempo, ya en el texto del poema, de la mala manera en la que se estaba llevando con la Madre Patria ("Jeta morada, culo verde / ¿Cómo dice el corazón, / esto dicho en Val, Valverde? / ¡Ostias! Estamos en España: / España, la imbécil. / Ahora, sólo poemas divertidos, ahora: / sólo el ridículo / -después de la terrorífica / pérdida de la lengua. / España: / España, la imbécil"). [...]
No habían pasado todavía dos meses de comenzada la aventura europea y ya se quería volver ("Buenos Aires. / España aquí. Es aquí: / la nostalgia del significante"). Y aunque intuía, con resignada desesperación, que ese regreso era, al menos de momento, imposible ("El océano Atlántico es una inmensidad irreversible"), debió de complacerse de que Hanna no fuera española ("España es una mentira, no un mito. / España es vil, como toda desgracia").
Y es que después del incidente con Germán García, al que no le guardó rencor (es más: enterado de su fractura se sintió algo culpable), recibido con indiferencia por López Guerrero (después de una nueva visita a la calle Granada, ya en compañía de Hanna, a la que probablemente le había referido, orgulloso, aquella mítica lectura de El fiord en las clases de Masotta junto a un hiperbólico panorama de los méritos del psicoanalista, y avergonzado de la actitud distante, casi hostil con la que los recibió López Guerrero, inventó para ella una excusa increíble: "Nunca le gustaron los alemanes" [Entrevista Hanna Muck], le dijo) y con compasión por Carlos Trías (que, saludable como nunca, lo encontró "acabado"), todos los planes, o toda la alucinación de que ese viaje respondía a algún plan, empezaron a derrumbarse. Al parecer, no iba a triunfar, tampoco en Barcelona, ni como psicoanalista, ni como escritor, ni como nada.