8.28.2008

Javier Marías: "La honestidad brutal me parese un disparate"

Por Alejandro Aliaga en El mercurio del 24.08.08

La ciudad de Soria es pequeña, no supera los 40 mil habitantes, queda a poco más de doscientos kilómetros de Madrid y es adonde el escritor Javier Marías acude un par de veces al año para descansar de la capital -donde reside- y concentrarse en la escritura. En medio de un parque tal vez demasiado grande para las proporciones del entorno urbano, pero muy acogedor, el autor de libros tan exitosos como "Corazón tan blanco" o "Mañana en la batalla piensa en mí", se muestra a gusto y de buen humor, enciende un cigarro tras otro, los que saca de una pitillera de metal, y discurre con total soltura sobre los temas que más le interesan, hablando como escribe, con numerosas digresiones pero sin perder nunca el hilo de la conversación.

Cuando le anunciaron desde Chile que era el nuevo ganador -y el más joven- del Premio José Donoso, le resultó gracioso pues "ya tengo 56 años, casi 57, y por mucho tiempo fui un escritor joven: mi primer libro lo publiqué a los 19 años ("Los dominios del lobo"), y no es que me considere muy viejo, pero sí ya muy veterano", dice entre risas. El año pasado acabó su más reciente novela, "Tu rostro mañana" (Alfaguara), concebida en tres volúmenes y que en conjunto supera las 1.600 páginas. Una vez publicada, después de 7 años de trabajo, anunció que se dedicaría a descansar y que no escribiría ficción en bastante tiempo. Sin embargo, ahora confiesa que la resaca de ese libro está pasando y que ha vuelto a concentrarse en una nueva narración.

"Durante estos días, y aprovechando que aquí tengo un poco más de tranquilidad que en Madrid, empecé a escribir algo, pero que como mucho será una novela corta o un cuento largo. Y he comenzado a escribir por una razón absurda, casi de tipo pragmático, y es que mientras estoy escribiendo algo tengo más posibilidades de descansar de veras, pues la vida de los escritores -de aquellos con un cierto nombre ya- es un poco absurda, hay demasiados compromisos y solicitaciones, que presentaciones de libros, charlas, revisar las traducciones... "

-¿Y entonces?

"Yo me levanto y me acuesto tarde, soy más bien noctámbulo. Entonces, cuando comienza el día hago las pequeñas cosas, despacho el correo, los faxes, lo que hubiera, y a lo mejor no podría ponerme a escribir hasta las 6 de la tarde. Y es absurdo."

-Ha declarado, no obstante, que la literatura no lo es todo en su vida, ni siquiera lo más importante.

"No, no lo es. Para mí lo más importante son las relaciones personales. Los vínculos, los afectos, el estar atento a las personas que a uno le interesan. Yo siempre he dicho que quizás una de las posibles razones del éxito de lectores -dejando de lado el prestigio o la calidad literaria- de mis libros, siendo estos no fáciles, aunque tampoco terriblemente difíciles, creo que puede ser debido a que, más o menos, desde "El hombre sentimental" (1986) en adelante, he hablado de asuntos que me preocupan en mi propia vida. Y que también están en la vida de todo el mundo. "Corazón tan blanco", por ejemplo, trata entre otros temas sobre el secreto y la posible conveniencia de guardar un secreto; y quién no tiene secretos, aunque sean modestos. Pero tenemos la tendencia a querer saber, tanto a un nivel colectivo como social."

"A mí por ejemplo, me hace gracia que las sociedades actuales digan: queremos transparencia en todo, cuando esto nunca ha sido así, ni quizás tiene por que ser así. Es una ingenuidad pensar que los estados no hacen cosas indebidas, me refiero a los estados legítimos, los democráticos, y entonces digo: ¿están ustedes seguros que quieren saber y que exista transparencia sobre lo todo lo que se hace y lo que no?"

-Este problema está muy presente, sin ir más lejos, en "Tu rostro mañana", donde el protagonista tiene por misión interpretar vidas futuras, saber cómo serán ciertas personas más adelante, además de abordar temas como la mentira y la traición...

"Y la sospecha: es cierto que la tendencia de todos es normalmente a averiguar, somos curiosos, pero también es cierto que si no se pueden confirmar las sospechas o no es fácil hacerlo, conviene a lo mejor despejarlas de alguna manera... Bueno, sí, ese es un tema de mis libros."

-En ese sentido, ¿es usted más partidario, entonces, de las mentiras piadosas que de la honestidad brutal?

"A mí, la honestidad brutal me parece un disparate."

-Hay quienes creen que no sólo es una virtud, sino un deber.

"Bueno, son personas muy primitivas, yo diría, poco civilizadas. Mire, si todos supiéramos realmente todo lo que opinan de veras los demás, la gente se estaría matando entre sí permanentemente. A mí, de hecho, un elemento de hipocresía en la vida política me parece conveniente por una razón sencilla: evidentemente no me gusta la hipocresía, es una cosa fea, es desagradable en principio, pero hay algo que es aun peor: la desfachatez. El gobierno o la persona que disimula algo -da igual tanto a nivel individual como colectivo-, quiere decir que por lo menos tiene la conciencia de que ese algo está mal, de que más vale que aquello no se sepa o parezca otra cosa de lo que es. Y esto ya me parece una ventaja respecto a otros políticos. El caso de Berlusconi, por ejemplo, que hoy en día parece ni siquiera tener conciencia de que ciertos actos son vergonzosos. Porque ser disimulado indica que, por lo menos hay ciertos valores y reglas que aunque usted las incumpla, todavía está admitiendo esas reglas. Que Berlusconi saque al ejército a las calles me recuerda a Chile durante Pinochet o a Argentina durante Videla o a España durante muchos años, y sin embargo lo están haciendo con toda tranquilidad."

El valor de un premio

Marías es posiblemente el escritor vivo en lengua hispana de mayor prestigio en la actualidad. Aparte de su vasta obra literaria, también escribe -a máquina: no usa computadora... ni celulares, ni siquiera conduce vehículos motorizados-, desde hace varios años, una columna de opinión para un periódico español, donde deja al escritor de lado y se convierte en ciudadano para denunciar todo lo que le parece detestable, habiendo desatado en más de una oportunidad bulladas polémicas. Sin embargo, le trae sin cuidado las críticas y el éxito literario. Cuando en 2002 publicó la primera entrega de su más reciente y extensa novela, decidió no leer más críticas. Sin embargo, admite apreciar los reconocimientos, como el que acaba de conquistar y que celebra a la figura de José Donoso. Sobre todo, cuando estos son extranjeros, pues "cabe esperar que nadie sepa mucho de uno, que simplemente lean lo que uno ha escrito y no hayan amistades ni enemistades de por medio, como suele ocurrir".

-Nabokov decía que tanto en la ciencia pura como en el arte elevado, el detalle lo es todo. En sus libros hay bastantes detalles, pero ¿qué es lo que más le gustaría que quede de su obra una vez trascurrido el tiempo?

"Me da un poco igual, la verdad. Pero como lector agradezco de otros libros que me quede una atmósfera, una tonalidad, una voz narrativa... Por lo tanto, algo que me gustaría alcanzar a mí también como escritor, es lo que ocurre con algunos autores: que en cuya compañía uno está enteramente a gusto, incluso cuente lo que cuente, aunque sean cosas atroces, autores cuya voz narrativa es tan persuasiva o tan grata, no en el sentido de que resulte muy simpática, sino que llega un momento en que a uno le da exactamente igual lo que le cuenten... El mayor elogio que a uno le pueden decir, tal vez, es que no quieren que tu libro se acabe... Por un lado, pues a mí también me irrita que algunos lectores me hayan dicho, después de más de 1.600 páginas escritas de mi última novela, que les ha sabido a poco, aunque también hay otros que no han seguido leyendo después de la página 50 del primer volumen. Pero que alguien quiera más de esa voz que reflexiona, que hace bromas, yo como lector, desde luego, es una de las cosas que más aprecio."

-Y como persona, ¿qué es lo que más aprecia de sí mismo?

"A ese respecto, estoy bastante conforme, que no quiere decir satisfecho, no tengo graves problemas, yo procuro no hacer lo que creo que no debo hacer, lo que no quiere decir que siempre lo logre, pero... A título de ejemplo -y por banal que sea-, hay muchas cosas que hacen los demás escritores y yo no las hago, como ser miembro de algún jurado de premios literarios, lo que sin embargo me parece que está bien, y tanto más si me los dan a mí (risas), pero yo no quiero que alguien gane o deje de ganar algo por lo que yo opine o por mi gusto literario, que en todo caso es subjetivo. No quiero tener responsabilidades al respecto, y desde luego no quiero hacer uso del pequeño poder que eso, de alguna manera, da a mucha gente, y veo que no obstante hay personas que les encanta que los llamen para ser jurados. Tampoco acepto invitaciones del estado ni de los institutos ni del Ministerio de Cultura, y desde hace muchísimos años decidí que no lo haré. No quiero estar siquiera mínimamente comprometido con el estado. Luego, en lo que es más importante, en la vida personal, como decía al principio, también procuro comportarme, no hacer daño... bueno, excepto si es a alguien que se merece que se lo haga."

-¿Ah, sí?

"Sí, hombre, al menos a través de la prensa, en los artículos que escribo."

-En ellos parece estar bastante en desacuerdo con su entorno. Estar en desacuerdo, ¿es también un motor más para escribir?

"Para escribir en prensa, sí. Las novelas son otra cosa. Yo no veo mucho la función de escribir en prensa si uno se limita a decir lo que la época ya piensa. Entonces hay que intentar mirar un poquito más profundamente, intentar aportar un punto de vista distinto de lo que es consuetudinario y señalar lo que a uno le parece estúpido, malo, injusto o erróneo."

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Sobre la obra de José Donoso y Roberto Bolaño

-El escritor Roberto Bolaño opinó alguna vez sobre Donoso en los siguientes términos: "Decir que él es el mejor novelista chileno del siglo (del XX) es insultarlo. No creo que Donoso pretendiera tan poca cosa. Decir que está entre los mejores de lengua española, es una exageración, se lo mire como se lo mire. Chile no es un país de novelistas".

"Yo lo leí a Donoso, pero lo tengo lejano. Lo leí, sobre todo, cuando saltó a la fama con "El obsceno pájaro de la noche". Luego, además, lo traté algo, lo conocí en persona. Él tenía aquella casa en Calaceite, a la que yo no llegué a ir, pero él iba y venía a Barcelona."

"Me hizo gracia recibir este premio, pues hace exactamente 30 años, cuando Donoso publicó su novela "Casa de campo", quiso que la presentación, a realizarse en Madrid, la hicieran varios autores jóvenes. Yo entonces tenía 26 años, y aunque ya había publicado, era realmente joven. Hombre, yo lo consideraba un gran escritor. Ahora, desde hace muchos años que no lo he leído ni releído, pero "El lugar sin límites" y estas dos otras antes mencionadas me parecieron grandes novelas. Tengo ahora mis dudas, como le pasa a uno con lo que leyó de joven, sobre qué tal se leerían hoy en día, pues en la literatura, como en el cine, como en todas las artes, algunas obras resisten el paso del tiempo extraordinariamente y otras en diez años ya suenan incluso anticuadas. Pero, vamos, es una duda que podría tenerla también con "Cien años de soledad", que no he vuelto a leer desde su tiempo. Pero en su día Donoso sí me causó una gran impresión."



-¿Ha leído a Roberto Bolaño?

"No demasiado, por razones un poco... En fin, lamentablemente él ha publicado la mayor parte de su obra en un editorial en la que yo estuve y dejé de estar. Yo terminé un poco mal con esa editorial, tan mal que decidí en un momento dado que no leería más libros publicados ahí (se refiere a Anagrama)."



-¿De verdad?

Sí, pero de todas formas a Bolaño lo he leído, aunque un poco tardíamente, y lo lamento pues sé que, aunque nunca lo conocí en persona, y por lo que yo he visto en varios lugares, él fue muy generoso conmigo en sus declaraciones, me elogió más de una vez, y en ese sentido me da rabia no haber podido corresponderle en vida, pues se lo merecía. Yo creo que está un pelín distorsionado, no se puede uno fiar mucho, pues al haber muerto prematuramente se está produciendo una especie de mitificación que distorsiona su valía. Y ahora no es momento de decir si es tan bueno como dicen sus mitificadores, pero en todo caso, lo que sí me parece es que es un verdadero escritor, lo que no creo que sea tan frecuente hoy en día: uno va leyendo y dice este hombre tiene brío, fuerza y capacidad de interesar al lector, y originalidad. "Los detectives salvajes" y "2666" los encuentro francamente buenos y atractivos. E irregulares también, porque son muy exagerados, pero con partes muy admirables. Además esta mitificación tiene un lado antipático. Me irrita mucho la generosidad con los muertos. Yo estoy convencido de que si él hubiera publicado "2666" mientras estaba vivo, bueno, primero no se hubiera publicado de esa manera, él tenía otro proyecto, y los elogios no habrían sido los mismos. Hablo de la crítica, por ejemplo, o de otros colegas. Entonces cuando alguien muere ya se le puede decir que era un genio, y Bolaño no vivió todo lo que está viviendo después, y probablemente tampoco lo hubiera vivido de seguir vivo. Pasó lo mismo con otro autor, con el cual no llegamos tampoco a conocernos, pero sí nos carteamos, que fue Sebald, y al cual igualmente le he visto elogios desmedidos, que vienen a raíz de su muerte, y me parece injusto para el muerto, es irritante."

Si Bolaño hubiera publicado "2666" mientras estaba vivo, los elogios no habrían sido los mismos.

8.26.2008

Fogwill. Sintaxis mayor

Siempre había creído que la expresión era una metáfora privada de Lamborghini, limitada a esas cartas en las que reprochaba habernos transmitido o regalado "su sintaxis mayor". Recién ahora, leyendo las pruebas de galera del libro de Strafacce, entre tanta documentación descubro que la había usado en una de sus primeras intervenciones públicas.

Fue en el curso de un reportaje publicado en la revista Los Libros en 1970. Interrogado sobre los libros del año responde: "Sin ninguna duda, Boquitas pintadas . Con la obra de Manuel Puig, la supuesta función ´expresiva del lenguaje literario y la variada gama de ilusiones al respecto, sufre un golpe verdaderamente ´crítico . Boquitas... define un campo, señala un punto de ruptura: estamos ante un modelo de sintaxis mayor donde nada nos es ´comunicado , salvo nuestra propia presencia como soportes vacíos de todas las determinaciones que nos hablan".

Algunas gramáticas distinguen la sintaxis menor, que organiza las frases, de una sintaxis mayor, que rige la relación entre frases y fija reglas de subordinación, y las más laxas reglas discursivas de conexión entre ellas. Yo entendí que en aquellas cartas se refería a algo mayor que era la relación entre el texto y sus condiciones naturales de producción: la patria, el cuarto en el que se escribe, la memoria del mundo reflejada en la propia, el cuerpo -sus humores, sus ciclos y tormentos- la mano, el lápiz, el registro de su trazo.

Tiempo después recibí otra carta, donde sin preámbulos enunciaba: "Lo más inteligible de la lengua no es la palabra misma: es el tono, la intensidad, la modulación, el tempo con que se pronuncia una serie de palabras. En una palabra, la música detrás de las palabras, la pasión detrás de esa música, la persona detrás de esa pasión: todo lo que no puede escribirse, por lo tanto. Por eso el oficio de escritor no sirve". El uso de comillas sugiere que estaba citando un texto ajeno, probablemente de Nietzsche, que por esos días integraba sus lecturas de cabecera.

Que "el oficio de escritor no sirve", escrito o citado en aquellos días trágicos, como todos los de su vida, bien lo sabíamos los expuestos a la convulsa sintaxis de nuestros vínculos con él. Escribir no es servir, sino todo lo contrario. Pero al mismo tiempo, el oficio de escritor nunca servirá como instrumento para poder escribir. De una mujer que publicaba y no escribía mal pero desesperaba por ser reconocida como escritora, dijo una vez: "Pobrecita, escribe para salvarse y no sabe que esto es para perderse". ...l extremó en su vida esta polaridad con los resultados que tenemos a la vista: la consagración de un autor y la canonización de una obra que no sirve al negocio editorial más que para prestigiarlo adhiriendo un sello a sus textos que funcionarán como mensajes cifrados, vehículos de transmisión de eso mayor que ya operó sobre tres generaciones.

Durante cada una de las once décadas que sucedieron al siglo XIX, la Argentina tuvo una masa crítica de poco más de un centenar de escritores y, en cada década, tres o cuatro de ellos, entonces considerados los mejores, pudieron distinguirse por una gran virtud o un gran defecto, y, entre ambos, por su estilo particular que hoy permite identificar su autoría teniendo a la vista unos pocos renglones de cualquier página de esa plausible e imaginaria Antología de los Mayores. En ella el poeta Leónidas y el polígrafo Osvaldo Lamborghini convivirán con Aira, Arlt, Bioy, Borges, Copi, Fijman, Gelman, Manucho, Juan L. Ortiz, Puig, Saer, Silvina y una veintena más que quedará librada al azar de los antólogos y de los vientos de la época. Del conjunto, la presencia del hermano menor, aunque ineludible, será sin duda, la más cuestionada.

...l mismo -que en el curso de su Sebregondi interfiere el relato lamentando: es tan difícil no gustarle a nadie- hizo todo lo posible para provocar el conflicto que ahora vienen a testimoniar estos dos libros lanzados celebrando su definitiva consagración.

La biografía de Ricardo Strafacce - Osvaldo Lamborghini, una biografía - por sus transcripciones de cartas, textos y manifestaciones puede ser leída como altísima literatura, pero es también legible como la novela de la pasión de un biógrafo por los entornos, los acontecimientos y hasta por cualquier ínfimo detalle magnetizado por su contacto con Lamborghini, y viene a agregar pruebas para críticos y detractores dotándolos de un amplio argumentario sobre el lado humano y las miserias de esta divinidad naciente.

La colección de doce ensayos - Y todo el resto es literatura - publicada por Interzona y compilada por Juan Pablo Dabove y Natalia Brizuela, de las universidades de Colorado y Berkeley, parece un eficaz dispositivo de consagración. Cinco ensayos proceden de otros tantos académicos activos en universidades de Estados Unidos, uno del profesor Julio Premat de la Universidad de Paris VIII, dos de profesores en prestigiosas universidades locales, dos de escritores argentinos laureados y otro del escritor y editor argentino Luis Chitarroni, laureado recientemente por el éxito de crítica de su reciente novela Peripecias del no y por el cuarto de siglo que cumple como operador en la trastienda de Editorial Sudamericana. De las tres contribuciones de escritores, la de Chitarroni es la más perspicaz y honesta: prescinde de notas al pie, bibliografías al uso profesoral y de esas citas textuales de Lamborghini que en los otros ensayos parecen destinadas algunas veces a corroborar que se lo ha leído y, en otras, para dotar el artículo de algún valor estético. La de la poeta Tamara Kamenszain, aunque se ajusta con notas y bibliografía a los requerimientos del género paper , está compuesta desde la literatura y con pleno derecho, en tanto abunda en el comentario de versos y poemas ejecutado desde una profesional del género poesía que conoce el gabinete de trabajo del poeta y escribe privilegiada por su proximidad generacional y afectiva con Lamborghini. La del novelista Luis Gusmán es un intento literariamente fallido por entretejer recuerdos y "pruebas fehacientes" de su amistad con Lamborghini, con ajustes de cuentas que nadie ha pedido y que no tienen pertinencia literaria alguna, y con interpretaciones de textos que nunca terminan de convencer. Como desde el comienzo adopta un estilo narrativo testimonial, el lector tropieza cada vez que el ensayo pretende hacer teoría y no es porque deba volver atrás, sino porque Gusmán vuelve más adelante, a veces a recuperar la forma narrativa y otras a referir por segunda, tercera o cuarta vez a los personajes principales de su pieza, que son su libro El frasquito , su profesor de psicología-ficción Oscar Masotta, su camarada literario y compañero de introducción en el lacanismo Germán García y el enojoso escritor César Aira cuya operación sobre Lamborghini nunca terminará de comprender y parece empeñado en neutralizar. "La interpretación de Aira, que hace hincapié en la obra de Lamborghini, la leo en realidad como una variante peculiar del autorretrato (el autorretrato de Aira)", dictaminó Alan Pauls hace más de diez años cerrando para siempre ese episodio del negocio editorial. Los nueve ensayos procedentes de profesores de distintos rubros de las letras lucen impecablemente escritos y ricamente documentados pero -cuestión de gustos- ninguno apuesta a dar cuenta de la obra y todos tratan de instalarla en una red intertextual que, no por obvia, aporta algo a la comprensión del autor. Es un mal de la época y especialmente un mal del género paper , esa literatura menor que hasta puede brillar, como en algunos de estos ensayos, pero que nunca termina de esconder en un segundo plano las huellas de su compromiso con la cosa curricular y con la doble exigencia de halagar las teorías de temporada y seducir a los estudiantes fortaleciendo la corriente de alumnos que es objetivo central de la academia norteamericana, al menos en las áreas softies de las humanidades posmodernas que tienen escasa aplicación en los negocios y en la industria bélica. En dos centenares de referencias bibliográficas son citados más de sesenta autores -Jean Allouch, Badiou, Barthes, Bataille, Benjamin, Blanchot, Clastres, Derrida, Foucault, Freud, Guattari, Hardt, Kristeva, Lacan, Milner, Negri, Rancière, entre otros- pero ningún ensayo refiere ni contempla la obra del maestro de Lamborghini: su hermano Leónidas en cuya obra -en especial Las patas en la fuente - está la fuente de lo que más fascina del pequeño Osvaldo: su prosa cortada, su lengua natural, la continuidad entre obra, cuerpo y vida, su toqueteo con la locura y su prodigiosa máquina de crear figuras proyectando la cultura y el habla popular y el idiolecto de la psicosis a un diálogo explosivo con la gran literatura del mundo. Hace un mes se ha reeditado con el título El solicitante descolocado (Paradiso) este clásico del hermano mayor y padre de la sintaxis mayor de Lamborghini. Leerlo o releerlo desde Osvaldo es el mejor homenaje intelectual que merece esta figura truncada en 1985.

Ricardo Trafacce. Osvaldo Lamborghini, una biografía [fragmento]

BARCELONA

El 30 de noviembre de 1981, algo después del mediodía, Lamborghini llegó a Barcelona y con toda naturalidad, sin previo aviso, se dirigió a la casa que Germán García habitaba en la calle Copérnico donde su ex camarada lo recibió con la distanciada cortesía que la situación hace fácil imaginar, sobre todo si se tiene en cuenta que el bolso de mano en el que había trasladado sus cosas, aunque pequeño, indicaba unívocamente que aún no tenía resuelto dónde iba a alojarse. Sin embargo, conforme la conversación y los recuerdos comenzaron a fluir, alentados, tal vez, por alguna copa compartida, esa reticencia fue cediendo hasta que, en algún momento, la vieja amistad pareció resurgir como si nunca se hubiera interrumpido. O por lo menos es lo que debe de haber pensado Lamborghini que, después de haber pasado toda la tarde con su antiguo compinche, seguramente entendió, también con naturalidad, que podría alojarse "por algún tiempo" en la casa de García, quien no sólo pensaba exactamente lo contrario sino que incluso estaba prevenido contra esa posibilidad desde el mismo momento en que, unas horas atrás, había recibido esa visita no anunciada.

Sobre este punto preciso sobrevino entonces una discusión que de las palabras pasó a los hechos o, mejor dicho, a un único hecho aunque, es cierto, decisivo: harto de tantas expulsiones, Lamborghini probablemente no acatara las explícitas recomendaciones del dueño de casa y se rehusara a abandonar la silla en la que estaba sentado, lo que al parecer llevó a su anfitrión a intentar desalojarlo de esa posición de manera más expeditiva.

A pesar de su menor contextura física, García, que en el empeño se fracturó una mano, logró sin embargo el desahucio de su huésped, que se encontró, de golpe, solo en la noche española, con la evidencia de que no había aterrizado con buen pie en Europa: no habían pasado más que unas pocas horas desde su llegada y acababa de pelearse, esta vez, al parecer, para siempre, con la única persona que podía ayudarlo en todo el continente y cuya presencia en Barcelona había influido no poco en que fuera ése el destino elegido al momento de decidirse a viajar [...].

De esta nueva intemperie lo rescataría Amarú Oropesa, un ceramista boliviano -una vez más, y era la cuarta, Bolivia se cruzaba en su destino- que había vivido en Buenos Aires y se alojaba junto a un argelino dedicado a la reparación de electrodomésticos que no puso objeciones para recibirlo en su casa, donde Lamborghini permaneció hasta que, en los primeros días de enero de 1982, en una reunión en casa de argentinos que vendían ropa artesanal a la que lo arrastró el ceramista, conoció a Hanna Muck, una atractiva alemana de rostro anguloso y sonrisa franca que inmediatamente se enamoró de él.

Tres años mayor que Osvaldo, Hanna no había nacido estrictamente en Alemania sino en los Sudetes, al norte de Checoslovaquia, aunque la anexión de esta región al Tercer Reich en 1938 y el posterior reacomodamiento del mapa político, y de las minorías alemanas, en 1945, le habían deparado esa nacionalidad. Madre de tres hijos que vivían con su ex marido, trabajaba en la sucursal barcelonesa de la Agencia Literaria International Editors, cuya sede central estaba en Buenos Aires, empleo que le proporcionaba un pasar modesto y desahogado a la vez (no le faltaba ni le sobraba nada). Cultísima pero algo ingenua, infinitamente generosa, compartía con una amiga, que le subalquilaba una habitación, un agradable departamento en el nº 68 de la calle Tres Torres y cultivaba un feminismo sin crispaciones ni grandilocuencias que sería fácil, jocosa y complacida presa de los embates de Lamborghini, que al día siguiente de conocerla, a los dos días a lo sumo, la convenció de que, previo pago de la cuenta atrasada y consecuente rescate de la ropa, los libros y los manuscritos que habían quedado en cautiverio, se mudaran juntos al Hotel Vía Augusta (tal vez ya no soportara ni al ceramista boliviano ni al laborioso argelino o -esto es lo más probable- viceversa).

De estos días data "Aceite de colza", un poema fechado el 13 de enero de 1982 donde el autor daba cuenta, en el título, de su indignación ante las escandalosas muertes que había provocado la comercialización como aderezo comestible de un aceite industrial y, sobre todo, del temor que experimentaba ante la posibilidad de que el fatídico fluido apareciera en su ensalada, y al mismo tiempo, ya en el texto del poema, de la mala manera en la que se estaba llevando con la Madre Patria ("Jeta morada, culo verde / ¿Cómo dice el corazón, / esto dicho en Val, Valverde? / ¡Ostias! Estamos en España: / España, la imbécil. / Ahora, sólo poemas divertidos, ahora: / sólo el ridículo / -después de la terrorífica / pérdida de la lengua. / España: / España, la imbécil"). [...]

No habían pasado todavía dos meses de comenzada la aventura europea y ya se quería volver ("Buenos Aires. / España aquí. Es aquí: / la nostalgia del significante"). Y aunque intuía, con resignada desesperación, que ese regreso era, al menos de momento, imposible ("El océano Atlántico es una inmensidad irreversible"), debió de complacerse de que Hanna no fuera española ("España es una mentira, no un mito. / España es vil, como toda desgracia").

Y es que después del incidente con Germán García, al que no le guardó rencor (es más: enterado de su fractura se sintió algo culpable), recibido con indiferencia por López Guerrero (después de una nueva visita a la calle Granada, ya en compañía de Hanna, a la que probablemente le había referido, orgulloso, aquella mítica lectura de El fiord en las clases de Masotta junto a un hiperbólico panorama de los méritos del psicoanalista, y avergonzado de la actitud distante, casi hostil con la que los recibió López Guerrero, inventó para ella una excusa increíble: "Nunca le gustaron los alemanes" [Entrevista Hanna Muck], le dijo) y con compasión por Carlos Trías (que, saludable como nunca, lo encontró "acabado"), todos los planes, o toda la alucinación de que ese viaje respondía a algún plan, empezaron a derrumbarse. Al parecer, no iba a triunfar, tampoco en Barcelona, ni como psicoanalista, ni como escritor, ni como nada.

Ricardo Trafacce. Osvaldo Lamborghini, una biografía [fragmento]

MAR DEL PLATA

En la Nochebuena de 1977, la casa de la calle Falkner apenas podía contener a los veinticinco comensales con los que una María Teresa singularmente expansiva había querido compartir la felicidad que le provocaba el hecho de que ningún miembro de la familia hubiera sido víctima del régimen (Leónidas y los suyos ya estaban a salvo en México) y también, aunque de manera más íntima, que, contra todos los pronósticos, Osvaldo, que había dejado nuevamente de beber, tuviera cada vez más trabajo y se mostrara particularmente sosegado y bien dispuesto.

Con los últimos días del año sus actividades habían cobrado un impulso inesperado: como algunos de sus alumnos -los más intrépidos- habían empezado a atender pacientes, a las clases se sumaban ahora los "controles" de esas terapias. Su economía en consecuencia mejoraba y ahora sí parecía que la enseñanza de Freud y todos sus subproductos podía ser una fuente de ingresos cierta y seria. Sobrio, previsor como nunca y, como siempre, exagerado, empezó a entregar a su padre todo lo que ganaba para que lo depositara a plazo fijo en la Caja de Ahorro, con lo cual a veces se encontraba tan impotente para afrontar los gastos más elementales y, en consecuencia, tan dependiente de la ayuda de Vilma, María Teresa o cualquier otro como cuando no trabajaba.

La excesiva -excesiva al menos para él- actividad laboral no sólo no interfería en la escritura sino que, incluso, la realimentaba:

He convertido los controles y didácticos en actos de escritura. Quiero decirte que no me limito a escuchar, desinterpretar y corregir lo incurablemente incorregible. Les entrego unos papelitos redactados en un estilo más o menos paradojal, siempre en sobre cerrado. Entienden, para mi sorpresa, y piden más. Uno de mis alumnos me ha planteado, muy seriamente, que me dedique a escribir además del psicoanálisis. Sin ironía: tiene razón. Escribir todo el tiempo... todo el tiempo... Tuve ganas de abrazarlo. [OL a CA del 31-12-77]

El nulo desarrollo que el psicoanálisis tenía en Mar del Plata en esos tiempos y el crecimiento exponencial que experimentaba en Buenos Aires, además, hicieron que cuando, sin pensarlo demasiado aunque en un tono inusualmente formal, se le ocurrió comunicar sus actividades docentes y clínicas a la Escuela Freudiana de Buenos Aires fuera recibido con deferencia y promesas de apoyo:

Establecí contacto con la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Me alientan, me aseguran que no estoy solo. Pero agregan que debería viajar a la capital (al castillo) para proveerme de material, tan difícil de hacerlo llegar por correo. Como leí la novela de Kafka, sé que el lugar del agrimensor es la aldea. [Íd.]

Tan bueno era el ánimo que tenía en esos días que ni siquiera lo desanimó un singular episodio que puso a su escritura psicoanalítica en una circulación enigmática y vertiginosa, aunque no deseada. Controlaba un caso que parecía hecho a su medida (tanto que pone en cuestión la verosimilitud de la anécdota): la paciente había tenido relaciones sexuales con un hermano durante años, las que interrumpió a partir del momento en que se casó. Tuvo entonces, casi inmediatamente a la boda, algunos encuentros íntimos con su cuñado. Más tarde, y mientras todavía duraba el matrimonio, en cuanto el marido salía a trabajar ella se metía en la cama y se masturbaba todo el día, casi sin interrupción. Fóbica, no podía salir a la calle, pero cuando lo hacía, invariablemente en taxi, la asaltaba la tentación -irresistible- de pedirle, exigirle casi al conductor que la condujera a un hotel, para acostarse con el taxista o para -en este punto dudaba la paciente- masturbarse sola (o acompañada por el taxista).

Aparentemente Lamborghini había escrito unas cincuenta páginas sobre el caso con el entusiasmo del género nuevo y ya empezaba a fantasear con que tal vez, más adelante, podría contactarse con alguna revista especializada para publicar -¡cuándo no!- su informe. Pero esta ilusión se derrumbó cuando la analista que "controlaba" con él olvidó el historial de la paciente... ¡en un taxi!:

Se trataba del primer análisis freudiano realizado en M/Plata, y, para mí, la pérdida de la carpeta equivale al naufragio del tratamiento: sin ninguna duda. [OL a CA de la primera semana de enero de 1978]

[...] Despreocupado de estas perplejidades, para fines de enero él sintió que atravesaba el mejor momento de su vida: seguía sin beber ("¡Qué burda fue la coartada alcohólica! ¡Cuántos escapes permitía!" [OL a Tamara Kamenszain y Héctor Libertella del 23-1-78]), continuaba ahorrando algún dinero con los depósitos de Leónidas Aniceto y ya empezaba a considerar seriamente la posibilidad de establecerse para siempre en Mar del Plata y viajar a Buenos Aires sólo de tanto en tanto, de visita. En el horizonte de sus lecturas, mientras tanto, se producía un retorno temido y esperado.

Apenas instalado en Mar del Plata había comprado todos los libros de Borges que encontró para releerlos con "pasión, alegría y repugnancia" [OL a CA del 8-1-78], hecho lo cual sintió que debía desembarazarse de ellos en forma urgente. Se encaminó entonces a una librería de viejo y los ofreció en canje por La muerte de Virgilio , de Hermann Broch, y cualquier otra cosa que el librero quisiera darle. Nunca supo por qué razón había quedado fuera del trueque el volumen que recopilaba la obra poética que, vuelta a leer dos años después, lo conmovió:

Estoy completamente borgizado. Ocurrió. Como recordarás, yo había pignorado todos sus libros, salvo la Obra Poética . Relectura apasionada, devoradora y conclusión: jamás escribí un poema. Peor: no sé qué es "eso" de la poesía y ni siquiera conozco el español. Otro descubrimiento: de pura suerte, en mis libros se han deslizado algunas frases bien hechas. Lo que me separa de Medina, Asís, García y Cía. es eso solamente: mi buena suerte. Pero ¿por qué publiqué? No lo entiendo. En la Argentina la literatura existe. Y yo lo sabía. Quiero decir que no tengo disculpas para mi irresponsabilidad [...] Lo mejor de "La Negación" es borgiano. [...] Es posible que en los años venideros empiece a escribir. [OL a CA del 28-1-78]

Ricardo Trafacce. Osvaldo Lamborghini, una biografía [fragmento]

INFANCIA

A pesar de que las enseñanzas de su profesora particular no lo hicieron descollar en la escuela, en esos años su entusiasmo por el dibujo tuvo cierta importancia e incluso lo llevó a exponer junto a otros niños en la Mutualidad de Estudiantes de Bellas Artes un trabajo (se trataba de un retrato al óleo de su hermano Leónidas). Esa exposición, que tuvo una moderada trascendencia al punto de que algún diario la reseñó, hizo que Teresa Galeano guardara con orgullo materno los recortes de la nota y colgara el retrato en los comedores de las sucesivas viviendas que fue habitando la familia.

La circunstancia de que hubiera sido su hermano mayor quien había sugerido a sus padres que le pusieran una profesora particular al pequeño no es la única vinculación de Leónidas con aquella temprana inclinación plástica de Osvaldo. ...l mismo, cuando años después contara, sobredimensionándolas, sus experiencias con el dibujo y la pintura, las pondría en relación con su hermano ("Sencillamente hay un pacto entre Leónidas y yo. Hay un mutuo cheque en blanco firmado antes de tener la certidumbre de que ambos desembocaríamos en la literatura -yo pintaba: 1947!" [OL a Rodolfo Fogwill del 3-3-80]). En ocasiones, la evocación alcanzaría tintes tan exagerados que podría pensarse que se trataba de una excusa para hablar de Leónidas, del mismo modo que, tal vez, el entusiasmo por el dibujo haya constituido un pretexto para retratarlo:

Yo fui pintor. Expuse con éxito a los ocho años en la MEBA (Mutualidad Estudiantes de Bellas Artes). Mamá conserva todavía las críticas aparecidas en esos años en los diarios, con fotos del niño pintor "y todo". Diariamente, una profesora venía a darme clases particulares. Por eso no aprendí "lenguas" a la edad en la que tendría que haberlo hecho: me negué, mis padres tuvieron que destinarme una habitación especial para mi proyecto de embadurnar el mundo silenciosa y solitariamente. Después sobrevino el pánico, que se "resolvió" con el deseo de ganarle a Leónidas con sus propias armas. Pretencioso, el pibe: Leónidas tenía 21 años y ya escribía bellísimamente. Te estoy contando mi vida, me doy cuenta, y me produce un enorme placer hacerlo. Yo también tuve infancia. [OL a César Aira del 28-4-77]

Hay que señalar que los trece años de diferencia que le llevaba Leónidas a Osvaldo hacen tan improbable aquel "mutuo cheque en blanco" como esta supuesta decisión del hermano menor de competir con el mayor (antes bien, cabría pensar en un deseo de emulación). Y que esta inclinación plástica, que no duró mucho más allá de las fechas aludidas en las cartas transcriptas (1947 en la primera y 1948 en la segunda), sería retomada sobre el final, en Barcelona.

Volviendo a Leónidas, no cuesta imaginar la veneración que por él sentía su hermano menor, la que se iría acrecentando conforme Leónidas Aniceto [el padre] tuviera los primeros problemas laborales, frustración que no logró disimular ante los ojos de sus hijos, al tiempo que la figura de Poli, que enfrentaba al padre, trabajaba y además era escritor, iba tomando para el hermano menor contornos cada vez más inmensos. Seguramente fue el deseo de agradarle -y no el de "ganarle con sus propias armas"- lo que lo llevaron a desinteresarse tempranamente de la pintura y a fantasear con que él también sería escritor.

Si hubo en esos años algún tipo de "competencia" entre los hermanos ésta tuvo lugar en esas singulares partidas de ajedrez que durante algún tiempo disputaron cotidianamente en la casa de la calle Cuenca. Todas las noches, al regresar del trabajo, Poli se dirigía a la habitación donde su hermano lo esperaba con el tablero preparado y, antes de quitarse el abrigo, fingiendo una concentración excesiva, levantaba ampulosamente alguno de los peones centrales para asentarlo en el medio del tablero con un golpe que hacía temblar a las otras treinta y una piezas y dar comienzo a la partida.

En el Círculo de Ajedrez de Villa del Parque de la calle Álvarez Jonte, al igual que en las decenas de clubes de ajedrez que florecían por entonces en Buenos Aires, las celadas en las aperturas estaban severamente desaconsejadas. [...]

Leónidas, que llegaba cansado del trabajo, liquidaba sus partidas con Osvaldo en unas pocas jugadas. Para ello, recurría a un nutrido repertorio de celadas, sin renunciar siquiera a la más burda de todas, el "Mate de Pastor". En ella, el jugador inexperto que, intrigado por los extravagantes desplazamientos laterales de la dama y de uno de los alfiles adversarios, procura seguir una línea de juego ortodoxa moviendo sus dos peones centrales, asiste de pronto -azorado- a la captura de su rey, inmovilizado y ridículo, cuando todavía no se han realizado sino unos pocos movimientos.

"¡Melón!", reía Poli después de cada partida mientras el pequeño guardaba los trebejos en la caja, doblaba el tablero y empezaba a quitarse la ropa, rabioso y frustrado, no tanto por la derrota ni por el oprobio de haber caído en la celada sino por la brevedad de esa partida que, tal vez, había esperado con ansiedad durante todo el día.

Una noche, Osvaldo desmontó la trampa, explotó las debilidades que la celada había provocado en su adversario y venció a Poli. Al día siguiente volvió a caer en una nueva celada, que más tarde refutó para caer en otra, hasta que las partidas de ajedrez se fueron espaciando porque el hermano mayor empezó a concentrar casi todas sus energías en convencer a su padre de que no sería ingeniero sino, solamente, escritor, conflicto que, al crecer en intensidad, motivó que Poli dejara la casa.

Como si se tratara de un augurio, muy pronto toda la familia debería dejarla.

"La literatura de verdad no es cosa de este mundo"

[Entrevista a Ricardo Strafacce por Pedro B. Rey]

Ricardo Strafacce dedicó diez años de trabajo a investigar y escribir sobre Osvaldo Lamborghini. Su oficio narrativo (publicó, entre otras novelas, El crimen de la negra Reguera y La boliviana ) se revela en la pericia con que construye, en más de un millar de páginas que nunca resultan maratónicas, el relato de una vida compleja; su profesión de abogado, en el métodico rigor con que usufructúa cartas, testimonios y documentos, y no en la fluidez de su prosa, afortunadamente desprovista de los gerundios leguleyos de los que abusan muchos de sus colegas.

Osvaldo Lamborghini, una biografía fue, además, realizada, algo infrecuente en estos tiempos, sin ninguna clase de beca o ayuda institucional.

-¿Fue un gesto de independencia?

-No, al menos no deliberadamente. Hace diez años se presentó una carpeta en alguna repartición oficial (no recuerdo cuál) pero nunca hubo respuesta. Quizá todavía haya un expediente en trámite con ese pedido en algún recoveco del Castillo.

-¿Retratar el mito Lamborghini es un modo de explicar o hacer más accesible la obra?

-Si no sonara demasiado tremebundo, diría que el libro no retrata el mito sino que "desmitifica", en fin, muchos aspectos de la vida y la obra de Osvaldo Lamborghini. Tampoco pretende explicar (sería impertinente de mi parte) al autor. Pero es cierto: al relacionar textos y reponer contextos, el libro permitiría, no digo entender mejor, pero sí disfrutar más de esa obra. O disfrutarla de otra manera por lo menos. En lo personal, la investigación me permitió mitigar una curiosidad que me asaltó desde que lo leí por primera vez: ¿cómo será -cómo habrá sido- una persona que escribe así?

-¿Con qué inconvenientes lidia un biógrafo de estos lares, donde el género biográfico es tan poco frecuentado?

-Más allá de los pudores lógicos con los que me topé al recoger testimonios, la mayor dificultad residió en la pobreza de nuestros archivos públicos. La Biblioteca Nacional, por ejemplo, es poco menos que inutilizable.

-A lo largo del relato, se hace referencia a un secreto de infancia que parece siempre a punto de ser revelado y nunca llega a resolverse...

-Aparentemente, todos tenemos un secreto de infancia. Quizá se trate de un efecto de lectura de distintos textos que cito, pero que no compuse yo.

-La obra de Lamborghini, a pesar de su influencia, ha sido objeto de escasos estudios críticos. ¿Cómo explicaría esa carencia?

-Bueno, Adriana Astutti le ha dedicado varios artículos. Nicolás Rosa también. Hay cosas de Tamara Kamenszain, Alan Pauls, Julio Premat y algunos otros, y ahora salió un volumen íntegro de estudios críticos sobre Lamborghini. De todos modos, es cierto que, como usted plantea, el interés de la crítica por esa obra no parece proporcional a su importancia. Supongo que el tiempo emparejará los tantos. A la literatura hay que darle tiempo.

-En el prólogo, figura una reminiscencia personal. La vez que leyó Novelas y cuentos, editado por Ediciones del Serbal. Pensó que eso era la literatura argentina, que así había que escribir. ¿Cómo definiría ese estilo? La consigna, ¿sigue siendo válida?

-Lo definiría, con alguna premura e inevitables generalizaciones, como una mezcla de la ironía y la opacidad macedonianas, los aires montaraces de la gauchesca y el aprovechamiento máximo de todo lo que aprendimos de Borges. Y mucho desparpajo. El mismo desparpajo que percibo en las obras de Gombrowicz, Copi, Aira, Zelarayán, Colautti, Laiseca, Libertella, Fogwill o el mejor Wilcock. Y creo que ahora, en medio de tanta "agenda" preestablecida por los sellos grandes y los premios literarios y tanta obsecuencia derivada de la voluntad -no siempre de mala fe- de ensanchar el público, la consigna es más válida que nunca. La literatura de verdad, creo, no es cosa de este mundo. Lamborghini la definía así: "Lugares vacíos y la interposición de la letra. La vida, nunca".

8.05.2008

Federico Jeanmaire: “Yo me sentía un finalista vitalicio”

La voz tenue de Federico Jeanmaire juega a las escondidas. Ese tono melodioso pero huidizo parece contrastar con la alegría de saber que es el ganador de la 48ª edición del Premio Emecé de Novela con Vida interior, seleccionada entre 174 originales por el jurado integrado por Ana María Shua, Rodolfo Rabanal y Pablo de Santis. Quizá sea por pudor, timidez o por la sorpresa de haber traspasado ese umbral del “eterno finalista” al que se había acostumbrado. O resignado. “Mandé tantas novelas a concursos, sobre todo en la década del ’90, que creo que fui finalista de todos los premios habidos y por haber, hasta que decidí retirarme. Siempre participás con cierta idea de poder ganar, pero perdí tantos premios en mi vida que en realidad estaba más preparado para perderlo que para ganarlo”, cuenta el escritor a PáginaI12. “Cuando me avisaron que era finalista dije: ‘Uy, otra vez’; me sentía una especie de finalista vitalicio”, bromea. “Veré cómo lo resisto, cómo lo llevo.” Con la risa, la voz recupera energía, se torna menos esquiva, más audible. La novela premiada –presentada bajo el seudónimo de Carlos Aguilera– es una historia de amor y desamor que transcurre dentro de la habitación de un hotel en Oaxaca (México) donde una pareja de mediana edad pasa sus vacaciones durante tres días. “Es un señor que casualmente tiene la misma edad que yo y una chica finlandesa”, revela el ganador. “Trabajé con un narrador masculino en primera persona, que se me parece bastante, para explorar qué pasa entre lo que uno dice, lo que hace y lo que piensa en una situación límite amorosa.”

Vida interior –que se publicaría en septiembre– reafirma, según Rabanal, un criterio de valor inmodificable: “La verdadera literatura vuelve excepcional la sencillez cotidiana”. Shua subraya un “sutil manejo del suspenso”, que “mantiene atrapado al lector en ese juego entre la vida interior y las exigencias de una realidad que no perdona”, y define a la novela premiada como “una historia de amor y desamor que se lee como un policial”. De Santis señala que “un viaje le sirve a un escritor para ver su vida desde afuera; los recuerdos y la vida cotidiana se mezclan en una atmósfera de pesadilla”. Jeanmaire (nacido en Baradero, Buenos Aires, 1957) cambió de rumbo con su novela autobiográfica Papá (2003), en la que cuenta la agonía y muerte de su padre en diciembre de 2001, al mismo tiempo que se extinguía el gobierno de Fernando de la Rúa. Antes de ese giro introspectivo, el escritor, licenciado en letras que fue profesor en la Universidad de Buenos Aires e investigador del Siglo de Oro español, había publicado Un profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando casi los nudos (1986), Montevideo (1997), Mitre (1998) y Una virgen peronista (2001). Pero con Papá aprendió a “escribir de nuevo” y perdió el prejuicio de que no se puede hacer literatura con los sentimientos.

Con la seguridad que ahora le confiere el saber que los recuerdos y las vivencias son la materia prima del escritor, Jeanmaire admite que Vida interior, aunque tenga mucha ficción, está inspirada en una experiencia similar que vivió en México en 2004. “Lo que me interesa mostrar es lo solo que está cada uno, lo difícil que es comunicarse y cómo muchas veces uno llega a situaciones violentas porque no pudo o supo comunicarse. Esta obsesión está en todos mis libros y me gustó la posibilidad de trabajar con lo dicho, lo hecho y lo pensado, que se vuelve muy divertido al momento de narrarlo”, explica Jeanmaire. “Aunque toda la novela no sea autobiográfica, sí lo es el conocimiento de cómo funciona mi cerebro en esos momentos, cómo se mueve dentro de una situación límite.”

–¿Cómo se mueve ese cerebro? ¿Piensa una cosa pero después en los hechos hace exactamente lo opuesto?

–Muchas veces sí, otras no. Hay una parte de la novela en que la pareja está discutiendo y él se está agarrando el dedo meñique del pie y se da cuenta de que en esos momentos gasta más tiempo pensando qué le conviene hacer: si callarse, hablar, mirar para el techo o tocarse el dedo. Me interesaba reflexionar sobre cómo se gasta el tiempo en una discusión. Son cosas que me pasan a mí, pero supongo que les deben pasar a muchos.

Más allá del encierro y la situación límite que atraviesa esa pareja, por las páginas de la novela se filtra el contexto social de Oaxaca con “los aborígenes que gritaban todo el día en contra del gobernador del Estado”, justo en la plaza que está frente al hotel donde transcurre Vida interior. Sin anticipar el final, hay un acto de cobardía que comete ese hombre que “compensa” la situación, para Jeanmaire, porque “al estar narrada todo el tiempo desde la óptica masculina, sin ese acto cobarde, hubiera sido una novela muy misógina”.

“Gran ladrón de Cervantes”, como suele definirse, Jeanmaire fue finalista del Premio Herralde de Novela en 1990 con Miguel, una biografía ficticia de Cervantes, y después de más de veinte años de estudio publicó Una lectura del Quijote (2004), ensayo que lo posicionó como uno de los mejores especialistas de Cervantes. Con su novela Mitre (1998) obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999, galardón otorgado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires. En 1978, cuando cumplió los 21 años, Jeanmaire decidió hacer lo que su padre, que fue intendente de Baradero, le prohibía por menor de edad: irse a España. Durante su período europeo (1979-1983) tuvo una lechería, trabajó en la vendimia, fue vendedor ambulante y tuvo la convicción de que su destino sería ser escritor. En Madrid escribió una primera novela que tuvo una lectora implacable, su tía Lía. Cuando leyó el manuscrito, muy suelta de cuerpo, le dijo: “No escribas, sos malísimo, mejor seguí leyendo”. Otro, en su lugar, se habría paralizado o convencido de que no valía la pena intentarlo, pero el optimismo de Jeanmaire se impuso a esa crítica feroz. Intuía que tarde o temprano iba a escribir algo que le gustara a su tía. Y, claro, a otros lectores. Aunque sus peripecias por Europa –por el amor de una holandesa también vivió un tiempo en Amsterdam, sin hablar ni pío de holandés– fueron el combustible inicial de su escritura, un día se dio cuenta de que estaba perdiendo la lengua cotidiana. Y regresó a la patria, al abrazo cálido del lenguaje que necesitaba para vivir, justo cuando asumió Alfonsín la presidencia.

En su obra, a la que habría que agregar novelas más recientes como Países bajos (2004) y La patria (2006), Jeanmaire no reconoce otros ecos que no sean los escritores de habla hispana: Sarmiento, Bryce Echenique, Cortázar. “Yo le debo a la literatura en lengua castellana, no les debo a franceses, americanos, escritores que me parecen muy buenos, pero de los que no he tomado nada. Me veo, sí, trabajando con estos tipos a mi lado: con Cervantes, con Sarmiento”, ha dicho el escritor. Satisfecho con el descubrimiento de una forma “pornográfica” de ser escritor desde Papá, el ganador de los 18 mil pesos del Premio Emecé de Novela repite bajito, como si volviera a jugar a las escondidas, que está contento. “Este premio me viene muy bien porque permite que gente que no sabía de mi existencia quizá compre un libro mío y lo lea. En las librerías siempre hay lectores dispersos que pueden llegar a mis libros gracias al premio.”



(en Página/12 del 1 de agosto de 2008)