8.26.2008

Ricardo Trafacce. Osvaldo Lamborghini, una biografía [fragmento]

INFANCIA

A pesar de que las enseñanzas de su profesora particular no lo hicieron descollar en la escuela, en esos años su entusiasmo por el dibujo tuvo cierta importancia e incluso lo llevó a exponer junto a otros niños en la Mutualidad de Estudiantes de Bellas Artes un trabajo (se trataba de un retrato al óleo de su hermano Leónidas). Esa exposición, que tuvo una moderada trascendencia al punto de que algún diario la reseñó, hizo que Teresa Galeano guardara con orgullo materno los recortes de la nota y colgara el retrato en los comedores de las sucesivas viviendas que fue habitando la familia.

La circunstancia de que hubiera sido su hermano mayor quien había sugerido a sus padres que le pusieran una profesora particular al pequeño no es la única vinculación de Leónidas con aquella temprana inclinación plástica de Osvaldo. ...l mismo, cuando años después contara, sobredimensionándolas, sus experiencias con el dibujo y la pintura, las pondría en relación con su hermano ("Sencillamente hay un pacto entre Leónidas y yo. Hay un mutuo cheque en blanco firmado antes de tener la certidumbre de que ambos desembocaríamos en la literatura -yo pintaba: 1947!" [OL a Rodolfo Fogwill del 3-3-80]). En ocasiones, la evocación alcanzaría tintes tan exagerados que podría pensarse que se trataba de una excusa para hablar de Leónidas, del mismo modo que, tal vez, el entusiasmo por el dibujo haya constituido un pretexto para retratarlo:

Yo fui pintor. Expuse con éxito a los ocho años en la MEBA (Mutualidad Estudiantes de Bellas Artes). Mamá conserva todavía las críticas aparecidas en esos años en los diarios, con fotos del niño pintor "y todo". Diariamente, una profesora venía a darme clases particulares. Por eso no aprendí "lenguas" a la edad en la que tendría que haberlo hecho: me negué, mis padres tuvieron que destinarme una habitación especial para mi proyecto de embadurnar el mundo silenciosa y solitariamente. Después sobrevino el pánico, que se "resolvió" con el deseo de ganarle a Leónidas con sus propias armas. Pretencioso, el pibe: Leónidas tenía 21 años y ya escribía bellísimamente. Te estoy contando mi vida, me doy cuenta, y me produce un enorme placer hacerlo. Yo también tuve infancia. [OL a César Aira del 28-4-77]

Hay que señalar que los trece años de diferencia que le llevaba Leónidas a Osvaldo hacen tan improbable aquel "mutuo cheque en blanco" como esta supuesta decisión del hermano menor de competir con el mayor (antes bien, cabría pensar en un deseo de emulación). Y que esta inclinación plástica, que no duró mucho más allá de las fechas aludidas en las cartas transcriptas (1947 en la primera y 1948 en la segunda), sería retomada sobre el final, en Barcelona.

Volviendo a Leónidas, no cuesta imaginar la veneración que por él sentía su hermano menor, la que se iría acrecentando conforme Leónidas Aniceto [el padre] tuviera los primeros problemas laborales, frustración que no logró disimular ante los ojos de sus hijos, al tiempo que la figura de Poli, que enfrentaba al padre, trabajaba y además era escritor, iba tomando para el hermano menor contornos cada vez más inmensos. Seguramente fue el deseo de agradarle -y no el de "ganarle con sus propias armas"- lo que lo llevaron a desinteresarse tempranamente de la pintura y a fantasear con que él también sería escritor.

Si hubo en esos años algún tipo de "competencia" entre los hermanos ésta tuvo lugar en esas singulares partidas de ajedrez que durante algún tiempo disputaron cotidianamente en la casa de la calle Cuenca. Todas las noches, al regresar del trabajo, Poli se dirigía a la habitación donde su hermano lo esperaba con el tablero preparado y, antes de quitarse el abrigo, fingiendo una concentración excesiva, levantaba ampulosamente alguno de los peones centrales para asentarlo en el medio del tablero con un golpe que hacía temblar a las otras treinta y una piezas y dar comienzo a la partida.

En el Círculo de Ajedrez de Villa del Parque de la calle Álvarez Jonte, al igual que en las decenas de clubes de ajedrez que florecían por entonces en Buenos Aires, las celadas en las aperturas estaban severamente desaconsejadas. [...]

Leónidas, que llegaba cansado del trabajo, liquidaba sus partidas con Osvaldo en unas pocas jugadas. Para ello, recurría a un nutrido repertorio de celadas, sin renunciar siquiera a la más burda de todas, el "Mate de Pastor". En ella, el jugador inexperto que, intrigado por los extravagantes desplazamientos laterales de la dama y de uno de los alfiles adversarios, procura seguir una línea de juego ortodoxa moviendo sus dos peones centrales, asiste de pronto -azorado- a la captura de su rey, inmovilizado y ridículo, cuando todavía no se han realizado sino unos pocos movimientos.

"¡Melón!", reía Poli después de cada partida mientras el pequeño guardaba los trebejos en la caja, doblaba el tablero y empezaba a quitarse la ropa, rabioso y frustrado, no tanto por la derrota ni por el oprobio de haber caído en la celada sino por la brevedad de esa partida que, tal vez, había esperado con ansiedad durante todo el día.

Una noche, Osvaldo desmontó la trampa, explotó las debilidades que la celada había provocado en su adversario y venció a Poli. Al día siguiente volvió a caer en una nueva celada, que más tarde refutó para caer en otra, hasta que las partidas de ajedrez se fueron espaciando porque el hermano mayor empezó a concentrar casi todas sus energías en convencer a su padre de que no sería ingeniero sino, solamente, escritor, conflicto que, al crecer en intensidad, motivó que Poli dejara la casa.

Como si se tratara de un augurio, muy pronto toda la familia debería dejarla.